Cuando bajé del autobús en Zafra para hacer transbordo ya llevaba la moneda marcada en la mano. Una moneda que decía tener el valor de cinco céntimos. No le hacía justicia. En ese momento, ya había adquirido la característica que retira a algunos objetos del mercado: el valor sentimental. Y sí, era la marca lo que lo hacía diferente del resto, porque era su marca, la que pintó momentos antes de intercambiar una palabra conmigo. Es la marca que dejó mientras yo leía tranquilamente, antes de parar en la estación de Fuente de Cantos, donde aprovechó para comenzar a hablar.
“¿Esto es Fuente de Cantos?”, me preguntó. Y gracias a aquella pregunta, tuve el placer de conocer a una persona que me será difícil olvidar.
Me preguntó mi destino, me dijo que él se bajaba en Mérida, que iba a Guadalupe a tomarse un descanso. Me habló de Extremadura, de cómo no se le estaba sacando partido, de todos los que emigraron buscando un sitio mejor y de los familiares que quedaron atrás. El marcharse de la tierra era algo normal, ya que no había dinero… que su madre misma se casó con un militar norteamericano.
Al decirle que estudiaba periodismo, me aconsejó que tuviera en cuenta la importancia de la historia y de la filosofía, pero sobre todo del derecho; que mirase el pasado, el futuro… pero que lo hiciera teniendo en cuenta que servían para saber cómo actuar en el presente, que es donde vivimos. Me comentó que era catedrático, que la educación estaba muy mal…. Que lo importante no eran las teorías, ni la idea del autor, sino esas cosas – señaló mi libro –, las conclusiones que uno saca de todo lo que lee y de todo lo que aprende.
Me comentó también que se estaba perdiendo el respeto, la base de las relaciones, junto con la confianza, que sin respeto no se podía mantener ninguna en pie. Y un valor muy importante, el saber ponerse al nivel del otro, la humildad. Me dijo que nunca había que tratar a los demás como inferiores, por mucho que se sepa, por mucho que se sea, pues es de ahí, de las personas de donde se aprende. Me confesó que era por lo que él viajaba en autobús en lugar de hacerlo en coche, porque así se empapaba de lo que le rodeaba, con conversaciones como la que estaba manteniendo conmigo.
También me habló de las nuevas tecnologías, que era necesario estar al tanto. Me dio su opinión sobre Apple y sobre Microsoft, decantándose por la última. También estaba al tanto de los cambios en Internet…
Entonces el conductor avisó que llegábamos a Zafra, donde los pasajeros con destino a Badajoz debíamos hacer transbordo. Me dijo que ahí terminaba nuestra charla y que me quedara con la moneda marcada, que así la recordaría. Me pidió algo mío, así es como dejaba constancia de nuestro encuentro. Un encuentro casual, una lección gratuita, un pequeño contacto con la experiencia de alguien que ha caminado por calles de muchos y distintos lugares… Una gran persona.
Y dejó marca en mí igual que en la moneda.
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