La niña

Y la niña se despertó de un sobresalto. “¿Por qué no ha sonado la alarma?”, se preguntó preocupada. Miró el reloj y se tranquilizó: aún faltaba una hora para las nueve. “Puedo dormir un rato más”.

Pasó un segundo.

Pasó un minuto.

Pasó un cuarto de hora.

La niña, que aún permanecía con los ojos abiertos, volvió a mirar el reloj. “¡He dicho que puedo dormir un rato más! ¡Dormir! ¿Te enteras?” Y cerró los ojos mientras se acurrucaba bajo la sábana. “No… No puedo… ¡Maldita sea!” Su cuerpo no dejaba de moverse de un lado hacia otro, buscando la postura más cómoda. Al parecer, no la encontraba. “¿Qué me pasa? ¿Qué son estos nervios? Espera un momento… Quizás tenga hoy algún plan realmente emocionante… No. No lo tengo”.

Se cansó de estar tumbada. Media hora antes de lo previsto, se levantó. Por su propia voluntad. Y no estaba enferma. Al menos, no era una enfermedad que estudiaran los médicos. Por lo tanto, en caso de que fuera algo grave, moriría inmediatamente. O, para no ser tan trágicos, semanas, meses o años después. Eso. Años después. A lo mejor cuando fuera lo suficientemente vieja para una muerte natural. Y durante ese tiempo se dedicaría a luchar por encontrar una cura. La encontraría, eso no hay que dudarlo. Pero ya sería demasiado tarde. Y ella moriría. Moriría, sí, pero con la conciencia tranquila. ¡Había encontrado una cura! Desgraciadamente, antes de morir no habría dejado por escrito sus estudios ni se lo habría comentado a nadie. No tenía vida social, ¡¡necesitaba encontrar una cura!! No había tiempo para otra cosa que no fuera investigar. Y moriría. Y todos los que tuvieran la misma enfermedad morirían detrás. En fila india, como si de un dominó se tratara.

Pero en esos momentos, aún no se preocupaba por ese tema. Sólo se había levantado media hora antes. A cualquiera podía pasarle. Abrió la ventana para dejar que la brisa acariciase su cara y, aunque no fue lo que sucedió, no se decepcionó, porque tenía la extraña sensación de que hoy iba a ser un gran día. Y eso le molestaba. ¿Cómo podía pensar aquello? ¿Acaso los otros fueron pequeños días? ¿Había tenido alguna vez uno minúsculo? Podría ser un día estupendo, maravilloso o inolvidable, pero ¿grande? Para ella todos los días tenían el mismo tamaño. No tenía sentido. No tenía sentido y no quería darle vueltas a la cabeza, así que comenzó a vestirse.

Claro, que se le olvidó un detalle: podía pensar a la vez que se ponía la ropa.

Pero esta vez no lo hizo.

Una vez vestida y aseada, vino a su mente una canción: “She looked good, she looked hotter than hell…” Un momento. No era su mente. La música provenía de su móvil, que se desplazaba a paso corto sobre la mesita de noche. “Vaya… ¿Y qué hago ahora? Ya estoy preparada…” Desactivó la alarma y encendió el ordenador. Empezó a abrir carpetas, sin buscar nada en concreto. “Ya encontraré algo que me entretenga…”, pensaba. Y así pasó un rato, abriendo y cerrando ventanas, sin decidirse. Los nervios no le permitían estar a gusto con nada. “¿Un libro? Podría empezar a leer este…” Pero sus pensamientos se mezclaban con las palabras que leía y todo aquello que se formaba en su cabeza era un caos.

Así que se sentó a pensar. Y pensó y pensó. Y pensó más. Y miró la hora. “Vaya, pienso demasiado rápido… Sólo ha pasado un minuto”. Y siguió pensando. Y se levantó. Dio varias vueltas por la habitación mientras pensaba. Volvió a sentarse. Se levantó. Anduvo hasta la puerta. Se quedó frente a ella y pensó. Entonces, se colgó la mochila a rayas a la espalda, comprobó que el móvil y el bonobús estaban en sus bolsillos, miró la hora y se fue.

2 comentarios

  1. Vale, pues si eso yo voy haciendo testamento ya, porque llevo dos días despertándome a las cuatro y dando vueltas como un tonto en la cama hasta que llega la hora de levantarme.
    Pensaba yo que tenía que reajustar horarios después de las vacaciones, pero resulta que no, que es que la voy a palmar… ains, de lo que se entera uno.

  2. idiotas porqria de mierda

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