Y, de repente, aparecí en un pueblecito de casas bajas a la hora en la que los perros sacan a pasear a sus amos. Me había dormido de nuevo y, cuando volví a abrir los ojos, ya estaba allí. Miré a través de la ventana y vi a tres niños que se disponían a a llamar a la puerta de algún amigo más. Estaban alborotados. “Quizás van a salir a jugar”, pensé. Inmediatamente, una de las niñas dio media vuelta y echó a correr en otra dirección. “A lo mejor no van a salir, sino que van a entrar. Ella va a avisar a sus padres de que estará en casa de Fulanito”. Y sí, la niña corría hacia la figura borrosa que se asomaba desde la puerta vecina. Entonces, dirigí mi mirada hacia la que supuse que era su madre y lo que vi fue a otro niño vestido con un mono azul. Su cabeza estaba cubierta por una terrorífica máscara y en la mano derecha sostenía un bate de béisbol. Ya entendía el albotoro del grupo. “¡Chico susto se va a llevar”, pensarían ellos. Sonreí mientras la escena se iba alejando conforme el autobús avanzaba.
Adoro a los niños (de lejos).
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niñ@s…
lo peor son las niñas pijas de cortos años… esas si son insoportables, y yo las e tenio q aguantar en la urbanización en verano… uff, lo peor… algun dia te contare sus comentarios
Oye, que estos eran simpáticos.