Un nuevo capítulo en el que podemos conocer las grandes habilidades que tienen los gnomos, o mejor dicho, David, porque siempre es él quien lo soluciona todo. Su título es “El oficio de curar” y con ello ya podemos imaginar de qué irá esta vez la historia.
Pues bien, al principio David nos dice que hay ciencias que no se pueden aprender de oído, porque lo que se transmite de uno a otro se va deformando poco a poco; y al final el mensaje es completamente distinto. Nos pone el ejemplo de su sobrino Jonathan, que fue al pueblo a visitar a su tío porque los padres querían que fuese médico. Por el camino, se encontró con Martín, el “correveydile”, que se enteró de esto y de que el niño no deseaba ejercer este oficio.
Pues bien, gracias a Martín, la noticia se divulgó rápidamente por todo el mundo gnomo, pero, como bien nos dice David: “lo que no se sabe es hasta qué punto puede deformarse una noticia, hay veces que sus finales son dramáticos”. Y cuánta razón tenía el señor bajito, pues todos los gnomos se presentaron en casa de Lisa pensando que Jonathan iba a sustituir a David a partir de ahora y se quedarían sin el mejor médico del lugar.
¿Qué pasa entonces? Que el niñomo (niño-gnomo) se encuentra con este espectáculo al llegar a casa de sus tíos: todo el mundo asustado, temiendo que un -niñato- nuevo médico no sepa curar tan bien como lo hacía David. Y todos cuentan su anécdota con el médico.
Un caso que me llamó mucho la atención fue el de una señoma (señora-gnoma) a la que tuvo que sacarle una muela. Evidentemente, para que sufriera tanto, antes tenía que dormirla. Y claro, esto de la anestesia para los gnomos debe de ser un invento maligno de los humanos, con lo cual su manera de salvar del dolor a la mujer era hipnotizándola. Y oye, que funcionó, eh… funcionó.
También habla de algún que otro caso de estreñimiento y de depresión, vamos, que el señorito también es psicólogo. Siempre he pensado si el resto de gnomos merecían la pena o no… porque se supone que las casas las saben hacer todos, la comida la recogen del campo y eso puede hacerlo cualquiera… no sé, ¿hay maestros allí? ¿Hay algún otro oficio allí que no sea el de médico?
Mientras tanto, en el bosque, no solo los gnomos se asustaron por la noticia falsa, sino que también le afectó a los animales, que abandonaron sus madrigueras y nidos. Esto afectó a alguien más… chán, chán, chán, chán… Música de misterio. Y aparece lentamente en la pantalla un humano con una escopeta. Termina la música y nos lleva al lugar del bosque en el que se encuentra David. Un lugar en el que hay varios conejos jugando al ahorcado… Pero no al ahorcado de las letritas y el dibujito, no, al de la soga de verdad.
Tras salvar al conejito, vuelve a casa y se encuentra con un alboroto inesperado. Le informan sobre la noticia del futuro de su sobrino, que se lanza corriendo hacia él diciendo que quiere ser médico de mayor, como él. Claro, tantas alabanzas, al final al chico le hizo cambiar de opinión. Este pensó: “Leñe, o me meto a médico o no soy nada en el mundo de los gnomos”.
Entonces, se escuchan disparos. Es el hombre intentando cazar cervatillos. David sale con Swift a ver qué pasa. Por el camino se encuentran sangre. Pero el hombre se acerca y todos se esconden… Menos David, que cura al cervatillo. Y además, espanta al perro que iba con el humano con una magia que no sabemos de dónde ha salido. Miren, miren los arcoiris que salen de sus manos.
“Con el poder que me ha dado la naturaleza te ordeno que te alejes de nosotros”
Y allá que el perro se aleja corriendo.
Y claro, como no podía ser menos, en este capítulo también no da una genial lección.
“Lo que estáis haciendo con los pobres animales es totalmente irracional. Los ciervos, las aves rapaces, los osos pardos, las liebres y los castores están a punto de extinguirse. Parece que no os importe. Fijáos, ¿de verdad podéis disfrutar matando a una criatura tan tierna (se refiere al cervatillo)?”
Y después…
“Espero que poco a poco os vayáis pareciendo más a nosotros. Excepto en el tamaño, evidentemente”.
Seh, lo que tú digas. Yo no voy con escopetas por ahí, eh…
Un nuevo capítulo en el que podemos conocer las grandes habilidades que tienen los gnomos, o mejor dicho, David, porque siempre es él quien lo soluciona todo. Su título es “El oficio de curar” y con ello ya podemos imaginar de qué irá esta vez la historia.
Pues bien, al principio David nos dice que hay ciencias que no se pueden aprender de oído, porque lo que se transmite de uno a otro se va deformando poco a poco y, al final, el mensaje es completamente distinto. Nos pone el ejemplo de su sobrino Jonathan, que fue al pueblo a visitar a su tío porque los padres querían que fuese médico. Por el camino, se encontró con Martín, el correveidile, que se enteró de esto y de que el niño no deseaba ejercer este oficio.
Pues bien, gracias a Martín, la noticia se divulgó rápidamente por todo el mundo gnomo, pero, como bien nos dice David: “lo que no se sabe es hasta qué punto puede deformarse una noticia, hay veces que sus finales son dramáticos”. Y cuánta razón tenía el señor bajito, pues todos los gnomos se presentaron en casa de Lisa pensando que Jonathan iba a sustituir a David a partir de ahora y se quedarían sin el mejor médico del lugar.
¿Qué pasa entonces? Que el niñomo (niño-gnomo) se encuentra con este espectáculo al llegar a casa de sus tíos: todo el mundo asustado, temiendo que un niñato nuevo médico no sepa curar tan bien como lo hacía David. Y todos cuentan su anécdota con el médico.
Un caso que me llamó mucho la atención fue el de una señoma (señora-gnoma) a la que tuvo que sacarle una muela. Evidentemente, para que sufriera tanto, antes tenía que dormirla. Y claro, esto de la anestesia para los gnomos debe de ser un invento maligno de los humanos, con lo cual su manera de salvar del dolor a la mujer era hipnotizándola. Y oye, que funcionó, eh… funcionó.
También habla de algún que otro caso de estreñimiento y de depresión, vamos, que el señorito también es psicólogo. Siempre he pensado si el resto de gnomos merecían la pena o no… porque se supone que las casas las saben hacer todos, la comida la recogen del campo y eso puede hacerlo cualquiera… no sé, ¿hay maestros allí? ¿Hay algún otro oficio allí que no sea el de médico?
Mientras tanto, en el bosque, no solo los gnomos se asustaron por la noticia falsa, sino que también le afectó a los animales, que abandonaron sus madrigueras y nidos. Esto afectó a alguien más… chán, chán, chán, chán… Música de misterio. Y aparece lentamente en la pantalla un humano con una escopeta. Termina la música y nos lleva al lugar del bosque en el que se encuentra David. Un lugar en el que hay varios conejos jugando al ahorcado… Pero no al ahorcado de las letritas y el dibujito, no, al de la soga de verdad.
Tras salvar al conejito, vuelve a casa y se encuentra con un alboroto inesperado. Le informan sobre la noticia del futuro de su sobrino, que se lanza corriendo hacia él diciendo que quiere ser médico de mayor, como él. Claro, tantas alabanzas, al final al chico le hizo cambiar de opinión. Este pensó: “Leñe, o me meto a médico o no soy nada en el mundo de los gnomos”.
Entonces, se escuchan disparos. Es el hombre intentando cazar cervatillos. David sale con Swift a ver qué pasa. Por el camino se encuentran sangre. Pero el hombre se acerca y todos se esconden… Menos David, que cura al cervatillo. Y además, espanta al perro que iba con el humano con una magia que no sabemos de dónde ha salido. Miren, miren los arcoiris que salen de sus manos.

“Con el poder que me ha dado la naturaleza te ordeno que te alejes de nosotros”
Y allá que el perro se aleja corriendo.

Y claro, como no podía ser menos, en este capítulo también no da una genial lección.
“Lo que estáis haciendo con los pobres animales es totalmente irracional. Los ciervos, las aves rapaces, los osos pardos, las liebres y los castores están a punto de extinguirse. Parece que no os importe. Fijáos, ¿de verdad podéis disfrutar matando a una criatura tan tierna (se refiere al cervatillo)?”
Y después…
“Espero que poco a poco os vayáis pareciendo más a nosotros. Excepto en el tamaño, evidentemente”.
Seh, lo que tú digas. Yo no voy con escopetas por ahí, eh…
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